He terminado de leer este libro de Marcelo Lillo, considerado el nuevo cuentista chileno. Sin embargo me he quedado con una sensación ácida luego de cerrar el libro.
Como leí por ahí (aquí), este libro de trece cuentos, se puede leer en el transcurso de trece veces que vamos al baño. Incluso cuándo no nos sentamos por más del tiempo necesario.
Como toda persona que decide convertirse en escritor profesional, en el caso de Lillo, post los cuarenta años; pareciese encontrar un tópico común e inventar historias en torno a ello. Ya no están demarcadas las experiencias propias, que con una "pisca" de tinta adquieren un tono literato.
No, este libro de cuentos nos lleva por historias amargas, de separaciones, desilusiones amorosas, familiares. Todos los cuentos están ligados entre sí por ello. Es decir, cuándo decides convertirte en profesional de las letras, escoges un tema. Y para él, no le basta con lo miserable que es el mundo y la vida misma para muchos, sino que más bien hay que ponerlos en letras. Si no me creen, lean la cita que rescaté:
(...) "Y es que la vida, a diferencia de los cuentos bien contados, no tiene suspenso. En la pobre existencia no hay pausas y cada historia viaja de corrido, se entrelaza, con historias menores que a la larga terminan siendo una sola." (...)
No se equivoca con estas palabras, pero el incapié innecesario en que su cuentos nos hablen solo de miserias propias del género humano, es demasiado.
Luego del éxito de su anterior libro de cuentos; El fumador y otros relatos, que rememorando mientras escribo esto, sigue los mismo tópicos, pero que están cruzados por diferentes matices más cercanos a la crítica social. Mas en este nuevo libro de cuentos, sólo busca que seamos aún más miserables con nosotros mismos.
Recomiendo leer este libro sólo en el baño, cuándo hacemos del número dos. No es para pasar el rato, sino que para apurar mucho más el tranco.

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